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lunes, 26 de noviembre de 2012

Realmente ¿merece la pena?

Se trata de una pregunta con la que me he encontrado ya en varias ocasiones. Tras explicar a cualesquiera de las personas que se muestran interesadas por esta peculiar promoción, a veces me preguntan si realmente merece la pena el esfuerzo de ir casa por casa, en las diferentes provincias, durante, ahora ya más de un año, distribuyendo la primera de mis novelas.

Entiendo que visto desde fuera parece algo muy duro. Que hay que estar muy pirado para emprender tal tarea. Las negativas tienen que ser muchísimas, el no abrirte las puertas, los ruidos de aquellos que miran por las mirillas, las malas caras, las malas contestaciones...

Pues bien, todo esto es totalmente cierto. Pero realmente y por suerte, existe la otra cara de la moneda. Todos los días, afortunadamente, esto lo tengo más que comprobado, encuentro a gente que valora el esfuerzo. Hay personas, las pocas, que se ilusionan cuando se percatan de que es el mismo escritor  de la novela el que va distribuyéndola puerta por puerta. En alguna ocasión he tenido unas buenas charlas con diferentes lectores, despidiéndonos con un par de besos y muchas dósis de ánimo.

Por lo general, la tarea más complicada, sea romper esa línea de desconfianza que supone el encontrarte con un tipo que lleva un libro en la puerta de tu casa. Pero el caso es que existe algún tipo de magia que hace que las personas se interesen por tal método. Preguntan, escuchan, ojean el libro en un primer momento, vuelven a preguntar, lo hojean esta vez con más interés y al final, creo yo que no ven más que unas humildes intenciones de aquel que quiere ser leído y entiende que el hecho de quedarse en casa para ver qué es lo que sucede, ha quedado atrás.

Desde mi peculiar punto de vista, creo que las alternativas son muchas. Pero insuficientes para alguién que no es conocido: Twitter, Facebook, este blog, salir en periódicos, hacer entrevistas de radio, dejar libros en depósito en las diferentes librerías de las distintas provincias que voy visitando...
Todo ello supone un trabajo, sí, un trabajo que nadie que quiera ser leído debería obviar.
El caso es que en  mi caso, la mayor satisfacción que obtengo no es sólo, que por supuesto también, el que un lector acceda a la adquisición de la novela, sino el hecho de recibir una buena crítica de la lectura, el interesarse por la segunda novela, el querer la tercera, y lo mejor de todo: ¿Cuándo va a salir la siguiente?

Cuando esto ocurre, es cuando me doy cuenta de que realmente he acertado en  enfocar mi vida a la escritura. Me gusta hacerlo, he disfrutado escribiendo los tres primeros libros, disfruto hablando con la gente en las puertas de sus casas, disfruto viendo crecer cada día el número de lectores (1681 a día de hoy) y por supuesto, estoy disfrutando al escribir la cuarta novela que verá la luz en 2013.

Ahora, tras esta breve reflexión, si en un futuro alguien me pregunta: realmente ¿merece la pena?
Podré decir firmemente convencido
                                "Esto no ha hecho más que comenzar".

lunes, 5 de noviembre de 2012

Anéctotas del puerta a puerta (4)

Hoy, como ya viene siendo una costumbre desde que comencé con el blog, voy a relatar algunas experiencias más que voy recopilando en el día a día en esto de llamar puertas con la finalidad de encontrarme con lectores potenciales. Con gente a quien sorprendo en sus casas mostrándoles mi literatura, y en definitiva, con gente que valora este pequeño esfuerzo que desde hace ya un tiempo voy realizando. 
 
Logroño.
 
Recuerdo que fue una tarde. Toqué el timbre. De pronto me abre un extranjero. No había que ser un lince para darse cuenta de ello. No obstante, obvié la primera impresión, me deshice de cualquier prejuicio y opté por mostrarme como escritor que promociona la primera de sus obras con la siguiente frase ya conocida:
- Hola, buenas tardes, mira que soy Sergio, un escritor que anda promocionándo su primera novela y voy buscando a gente que le guste la "lectura".
Esperé la reacción. El hombre, con su túnica blanca, me miró. No dijo nada en un primer instante, ese momento se me aconteció largo. Siguió con el propósito de no abrir la boca, pero sí que me mostró la palma de su mano en señal de que esperara. Se adentró en el piso y gritó. Gritó con ganas. Con fuerza. Algo audible pero inefable para mis oídos.
-¿Qué estará diciendo?-me dije.
Tras unos cuantos minutos de ajetreo en el interior del piso, mi paciencia iba disminuyendo.
-Pero, aquí  habrá alguién que lea?- obviamente, la respuesta positiva iba desapareciendo de mi cabeza.
Al fin, el mismo hombre de la túnica, con un paisano vestido de igual guisa. Solo que éste último me mostró insistente un papel. Al momento, mi cara dibujó una sonrisa al comprobar que me estaban enseñando la "lectura" del gas de los últimos meses.
-No, no es eso... ya veo que no nos vamos a entender- seguí con mi tarea recordándome una y otra vez, lo gracioso de la situación.
 
También en Logroño.
 
Una mañana, antes de comer. Me abrió una mujer mayor. Normalmente en estos casos, casi siempre me encuentro con respuestas de "Ya soy muy mayor para leer", "estoy sola", "no estoy para novelas", "no sé leer"(esta es de las que más me han sorprendido, pero ocasionalmente, por desgracia, sucede), "he leído mucho pero ahora, con esta edad..."
Lolita L.M. Esta señora me dijo algo similar. "Ves mi ojo, te veo con el bueno, de forma intermitente". El caso es que le expliqué mi manera de moverme con la primera de mis obras. La conversación fue, en un primer momento, sobre las listas de espera en el hospital, sobre que ya le habían operado una vez dejándole su ojo izquierdo mal. Que no daba un duro sobre el sistema sanitario público, ni por el privado.
 
Lo que sucedió es que noté la piel de mis brazos erizarse, cuando Lolita, me dijo que tenía la friolera de noventa y un años. Me recalcó en varias ocasiones que nació en el año 1921. No me lo podía creer, esa manera de hablar, esa alegría, coherencia en sus palabras, esa energía que desprendía...
 
-¡Algunos adolescentes tienen menos nervio que usted!- exclamé emocionado.
 
Ella, mientras reía, me agarró del brazo y me llevó dentro de su casa. Me mostró obras, auténticas reliquias y colecciones de escritores tales como Galdós, entre otros... También me enseño cuadros, puesto que en el año 2001 comenzó a pintar.  Ahora lo hacía con gafas, cuya lente izquierda estaba opaca, por todo aquello de su ojo. Hacía punto..., en definitiva, nos reímos los dos, ella como si de una niña entusiasmada  se tratara, y yo, impresionado por aquella vitalidad de alguien con unas enormes ganas de vivir, con una fuerza brutal impropia de los que se conforman con eso de ser ancianos y se aferran a las derivaciones propias de tal adjetivo.
 
-Cuando quieras, puedes acercarte y charlar conmigo- me dijo con una sonrisa,  tras adquirir un ejemplar.
 
Sé que no te mueves en esto de internet y es probable que no leas nunca esto. También es cierto que me dijiste algo de una hija o nieta, no lo recuerdo bien, sobre que ella estaría al tanto. El caso es que desde aquí quiero enviarte  un  fuerte abrazo y aún con los pelos erizados, también quiero que sepas que tu actitud y alegría se me quedaron grabados muy dentro de las retinas.
 
Hoy, gracias a esa energía de Lolita, desecho más rápidamente aquellas excusas muy habituales con las que me encuentro:      
                                                     "Yo ya soy mayor para leer".