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viernes, 30 de diciembre de 2016

Último trueque literario: Arantza Guinea

Trueque: "Deshojando amapolas" 
Sucedió en el día de ayer cuando, después de llamar a un nuevo timbre, se abrió la puerta y apareció tras ella una mujer. Tal y como suelo hacer siempre, me presenté como escritor que promociona su última obra a la vez que observaba que Arantza, que al principio miraba de forma recelosa, me escuchaba después atentamente.
Luego de toda mi perorata, descubrí que ella no solamente era lectora, sino que... ¡también escribía!

La mujer se introdujo en su casa para, de inmediato,  acercarse con un libro de poemas:
"Deshojando amapolas"

Arantza me habló entusiasmada del Festival internacional de Poesía "Poetas en mayo". También que formaba parte de la organización del evento "A cien poetas en mayo" que se iba a realizar el próximo año 2017 a finales de ese mes de primavera.
Fue ahí cuando se entabló una conversación referida a mi modo de promoción, al evento poético en sí y a futuras charlas y encuentros configurados para que la palabra escrita siga adquiriendo protagonismo en la vida de las personas.
Cuando llegué a casa descubrí, gratamente conmovido, que Arantza hacía mención en las redes sociales, a su propia perspectiva de encontrarse con un escritor en la puerta de su casa. 

En sus palabras:


"Ding, dong... Abro la puerta y un joven alto con una bolsa, carpeta y libro en la mano, se presenta ante mí y me pregunta si me gusta leer y es ahí cuando me pongo a la defensiva, no puedo evitarlo. (Demasiados parlanchines en la puerta han terminado por hacer de mi una persona desconfiada). Pero resulta que según vamos entrando en la conversación, voy bajando la guardia, este chico no es otro más, me cuenta su experiencia y me va fascinando la forma de hablar y desde luego, lo que dice me interesa y terminamos intercambiando libros.

Aquí os presento ¿Y por qué no? Es su sexta obra. Seguro que es un buen regalo para Reyes. Yo, ya tengo el mío.
Gracias Sergio por tocar el timbre de mi puerta. 

Encantada".

Debido a lo poco convencional de mi promoción y sobre la base ingente de "noes" encontrados, no puedo evitar sentirme sumamente sorprendido al escuchar cada vez con mayor frecuencia la siguiente premisa: 

"Gracias Sergio por tocar el timbre de mi puerta"

Supongo que la vida no va más que de eso. Consiste en un simple juego en el que se debe siempre jugar a por todas. Es cierto que recorriéndola habrá dificultades, muchas. Muchos "noes", muchos obstáculos, muchas puertas cerradas, demasiadas miradas despectivas, espléndidas críticas disfrazadas por el fino y glutinoso barniz de la envidia, desplantes descomunales y demás increíbles desvaríos...

No obstante, hay veces que me pregunto: ¿realmente importa todo eso?

Creo que no. 
En mi opinión resulta mucho más relevante reflexionar un momento, levantarte con un sonrisa, sacudir superfluidades y, tras armarte de valor, volver a tocar un nuevo timbre que ¿Quién lo sabe? quizá te acerque un pequeño paso más a la consecución de tu  sueño. 

Quizá, a su vez, haya alguien que, como Arantza, se aleje por un instante de sus cotidianidades, para escucharte con antención, intercambiar un libro y enviarte esas tan agradables palabras. 

"Gracias Sergio por tocar el timbre de mi puerta"

Gracias a ti Arantza y a esas más de siete mil ciento cincuenta personas que un buen día atendieron a un "tipo loco" que promociona sus obras recorriendo calles, pueblos y ciudades...

Dejamos ya el 2016 para introducirnos en el 2017. En mente una idea brilla bien clara: 

"atrevámonos a acumular el valor suficiente para perseguir nuestros sueños"

Feliz Año nuevo y, como decimos en mi tierra, Zorionak eta urte berri on!!




"Es mejor equivocarse siguiendo tu propio camino, 
que tener razón siguiendo 
el camino de otro"

Dostoievski



lunes, 19 de diciembre de 2016

Uno de tantos días...

Que tus sueños sean más grandes que tus miedos
El viento esta mañana arrecia con fuerza sin cejar en su empeño de batir las largas y finas ramas de los jóvenes plátanos que crecen allá abajo, a unas decenas de metros del frío cristal de mi ventana. Nuboso es el cielo y pequeñas gotas de agua, como asustadas y exhaustas por un fatídico viaje, se plasman al fin sobre este frío vidrio, clamando clemencia y pidiendo auxilio, a la vez que se deslizan paulatinamente hacia el marco inferior que soporta el alféizar. Ahora sin energía y rendidas ante el poder de los elementos.
Me desligo con rapidez de ese ajeno sufrir y  relleno, una vez más, el zurrón con los diez ejemplares que de manera holgada me acompañan, día sí y día también en esta trayectoria que una lejana jornada ya, decidí emprender. Carpeta en mano, zurrón al hombro y precarias tarjetas de visita, me conforman como un escritor en ciernes que se dispone a entablar alguna que otra conversación con personalidades sorprendidas y, por qué no, con algún que otro lector que pudiera hallar tras los desconocidos umbrales.
Arranco el motor de mi vehículo a la vez que el limpiaparabrisas me despoja de las súplicas siempre ignoradas de esas pequeñas partículas del líquido elemento más abundante en nuestro entorno. La jornada no podía ser más desapacible.
Después de una media hora de rodar desde la localidad riojalteña de Haro, de rondar las callejuelas de la ciudad más próxima y lograr aparcar el coche, salgo de éste para toparme con una bofetada gélida de aquel aliento que me salpica con las impertinentes gotitas que continúan  clamando clemencia. Por mi parte, sigo huyendo de ellas, inmerso en la tarea apremiante de aferrar mis atuendos y lograr llevarme hasta el portal más cercano.
No dan, mis piernas, numerosos pasos para llegar hasta él. Luego de ello, y tras hallar un viejo portero automático repleto de botones, me dispongo a tocar el primero de todos ellos con la inquietud connatural del que sabe que no va a ser bien recibido.
Pero no tengo en cuenta una supuesta mala  contestación. Desde hace ya mucho tiempo que eso no ocurre. Gracias a un movimiento mecánico, descubro por fortuna, que la puerta está abierta. No hace falta ya esperar la respuesta a una llamada que nunca obtuvo réplica alguna. Allí, en el interior de un portal desconocido de uno de los numerosos edificios que  conforman la ciudad, no hay ya viento. Éste se hace oír, cada vez con quejidos más agudos al filtrarse por quicios de puertas, ventanas y oquedades propias del viejo edificio. Ahora ya no sufro el azote constante de las gotas de lluvia. Las recogidas anteriormente ya se empeñan en horadar la nula impermeabilidad de mi grueso jersey de lana.
De seguido logro introducirme en el ascensor y acciono el botón que señala el piso más alto. En pocos segundos las puertas que una vez se cerraron tras de mí, se vuelven a abrir dándome la bienvenida al piso número doce. Un vistazo rápido. Cuatro puertas amenazantes me muestran mis ojos. Una mano busca el botón en la pared y la luz, casi siempre amiga, vuelve a aparecer. Las sombras, el inexistente ruido, el olor desconocido pero habitual, entremezclado por el rezume de las diferentes estancias, se hacen notar con fuerza.
No lo dudo. Me aproximo a aquella puerta amenazante, oscura pero brillante debido a un fino barniz. Un destello de luz, en aquella pequeña lente inquisidora, hace que la duda vuelva a acuciar con desmedida fuerza. Mi dedo, a pesar de ello y acostumbrado a los más insignes desprecios, obvia tal atisbo y se aproxima al botón durmiente. Mis oídos escuchan ruidos lejanos. Todo me dice que la vieja estructura del edificio sufre los vitales movimientos de gentes y mascotas inmersas en su rutina.
— ¡Ringg! —todo el edificio se queja.
Silencio.
Segundos densos, melifluos, pasan girando su cabeza. Me miran amenazantes preguntando con su mirar: “qué demonios  estás haciendo, chaval”. Sus ceños arrugados, aquellos escudriñamientos inquietantes…
— ¡Ring! —un dedo vuelve a pulsar.
Esta vez, los segundos corren más rápidos y se esfuman al abrirse la puerta.
Muchas veces me he preguntado por qué hay tantas y tantas personas que al abrir la puerta de su hogar se quedan mirando, sin siquiera ofrecer un buenos días a aquel que ha osado llamar. Estoy seguro de que si no hay reacción por parte del que llama, ésta se vuelve a cerrar, sin miramiento ninguno. Pero jamás se ha dado el caso. Entiendo que hay ser proactivo.
—Hola, buenos días —digo tembloroso—. Soy Sergio, un escritor que está promocionando su última novela y ando buscando a gente que le guste leer. ¿No sé si será el caso?

La mujer entrada en años, ataviada con una desgastada bata, me sonríe confusa, no suelta palabra pero niega con la cabeza.
—¿Me acepta, al menos, una tarjeta? —manifiesto mostrando una cartulina impresa—, quizá haya gente que lea en casa.
Ella accede, la coge y cierra la puerta. Su extrañada sonrisa continua siendo recelosa.
<<Al menos, puede que se dé el caso que mire el blog y sepa de mi historia>> me digo confiado.
Desestimando lo anterior, llamo al timbre colindante.
Se abre la puerta.
—Hola buenos días…
Portazo en las narices.
<<Otro más>> pienso.
Ahora me dirijo a las puertas restantes en aquella planta. Esta vez mi llamada no obtiene contestación. Bajo las escaleras. Vuelvo a llamar. Nada. Nadie. Silencio. No hago caso a la suspicacia de esos segundos instigadores. Los minutos pasan también. Alguna que otra tarjeta entregada. Una explicación más detallada. Otra. Muchas puertas llamadas, pocas atenciones, demasiadas negativas. Salgo del portal para percatarme de que el viento gélido, con sus frías gotitas impertinentes, me vuelve a saludar. Consigo entrar en otro, y en otro portal. Una hora, cargada de minutos, repleta de negativas, pasa pesando…
¿Y por qué no?

—¡Ringg!
Una nueva puerta se abre y me presento con mi última novela.
—Y, ¿eres tú el autor? —En esta ocasión las palabras suenan diferentes, están dotadas con otra tonalidad. Abiertas. Dispuestas a querer saber más. Unas manos desconocidas solicitan el ejemplar con el que me he presentado. Hablo, cuento, digo, sonrío porque la magia de entablar una conversación con un auténtico desconocido, ha vuelto a surgir. Siempre lo hace, todos los días. Como una pequeña luz brillante que sobresale de la negrura caracterizada por  los innumerables “noes”.
Al fin, me veo firmando el ejemplar. Un nuevo lector se ha unido a esta historia que comenzó en el mes de octubre del año dos mil once y, que, todavía a día de hoy, considero que no ha hecho más que comenzar.  



La precaria imagen que encabeza esta entrada la encontré por casualidad en una de tantas puertas tocadas. Sucedió en la ciudad de Vitoria el viernes pasado. Llamé a la puerta y nadie abrió. No importa. La frase lo dice bien claro:


"Que tus sueños sean más grandes que tus miedos"





martes, 6 de diciembre de 2016

Palabras de ánimo de dos grandes lectores





Hoy quiero hacer mención a dos últimos lectores que me han hecho llegar sus palabras tras la lectura de mi sexta y última publicación 
"¿Y por qué no?"

No lo hago normalmente, pero, 

¿por qué no dar mayor protagonismo a todas esas personas que saben valorar
 este peculiar esfuerzo?





"Buenos días Sergio,

Recibí tu agradable visita hace ya unos días en Logroño.
Te envío este correo, para animarte a seguir escribiendo (lo poco que he conseguido leer me gusta) y desear que, como tú mismo comentas en una de tus historias, acabes siendo conocido por el contenido de tu obra y no por el continente (la manera de darte a conocer).
Como digo he leído poco, he conseguido arañar unos minutos a mi quehacer diario de "amo de casa" y cuidador de una cachorrita de perro.
Cuando finalice "¿Y por qué no?", quiero leer "soy un gusano" y empezar por el principio.
Aunque no quiero incidir en la forma de dar a conocer tu gran esfuerzo, si quiero decirte que, al igual que a un cachorro la palabra que más se le repite en el adiestramiento es "NO" (estoy ahora en ello), se sabe que es una inversión con un alto interés a largo plazo... tarde o temprano se convierte en SI,SI,SI.
Me gusta mucho la forma de "diario" con la que has enfocado ¿Y por qué no?. Plasmas con una gran habilidad (que envidio) esa lucha ilusionante en dar a conocer tu obra.
Como te dije, para mí ha sido todo un lujo conocer al autor de un buen libro y compartir, aunque brevemente, un ratito de tu vida.
Cuando lea más y tenga elementos de discusión para poder mantener una charla acerca de tu obra, contactaré contigo y dentro de "nuestras apretadas agendas" seguro que encontramos un hueco para pasar un rato hablando de algo que me apasiona "la literatura".
Ánimo.
Gracias por llamar a mi puerta.
Ángel"

Al día siguiente recibí un segundo mail de Ángel:

"Hola Sergio, hace un cuarto de hora he concluido la lectura del libro que depositaste en mis manos hace unos días.
¿Y por qué no?
Ya te dije que soy un empedernido lector y cuando el libro me gusta lo devoro con ansia.
Cuando Logroño despierte (yo llevo unas horas levantado), voy a por "Soy un gusano" disparado. Me encanta tu prosa. Pero ya hablaremos.
He disfrutado con la lectura y a través de ella parece que ya te conozco.
La descripción que cuentas de tu "puerta a puerta", esos sentimientos y esas sensaciones las desarrollas con una naturalidad y una realidad que a veces me parecía que el que tocaba a los timbres, le mordía un perro o le abría la puerta el de la película "Psicosis" de mi admirado Alfred me estaba ocurriendo a mi.
Bueno no te doy más "la brasa", que tendrás mucho que escribir.
Como te decía en el correo anterior, no va a ser fácil "librarse de mi".

Ánimo y mucha ilusión.

Ángel - Logroño city"




Ayer también me escribió Estíbaliz:

"No sé si recordarás a una mujer de Pamplona, cuya hija está estudiando periodismo en Madrid, y cuyo sueño es algún día escribir un libro. Esa soy yo.
Tras haberme leído el libro "¿Y por qué no?" no podía quedarme sin escribirte un mensaje. Desde aquí, gracias por haberme entretenido en algún que otro viaje en metro, cuando los días eran más bien grises.
Por otro lado, me ha gustado mucho el concepto de optimismo que el libro muestra, ya que, para mí, el optimismo no es siempre creer que se puede, sino que a pesar de que hay veces en las que no, se siga pensando que algún día se llegará a poder.
Dedicarse hoy en día a la escritura no está valorado, a veces pienso, que a los que nos llena verdaderamente escribir, deberíamos haber nacido en otra época en la que se consideraba importante. Pero, ¿y por qué no traerla de vuelta?
Gente como tú, con ganas de alcanzar sus sueños es la que da sentido a la lucha. Así que, muchas gracias por tu lucha y por inspirarnos a luchar a muchos de nosotros.
Un saludo desde Madrid,

Estíbaliz"


Imaginaos que un buen día abrís el correo y os encontráis con mensajes similares a estos.
Cada vez lo veo más claro. Todo me dice que todo va por el buen camino.

Todo me dice que el hecho de conocer a miles de lectores de primera mano, de haber entablado alguna que otra conversación con ellos y de haber dedicado miles de mis obras, es algo de lo que no quiero prescindir.


Como tampoco quiero prescindir de continuar escribiendo y es por eso que lo hago cada día.
Lo oigo muchas veces y lo vuelvo a decir. Claro que es duro, pero también fascinante observar que aún restan miles de horizontes por descubrir.

Gracias Ángel y Estíbaliz por vuestras palabras de ánimo. No hay duda de que las atesoraré y me regocijaré en ellas cuando este viento que habitualmente sopla en contra, se convierta en tormenta (a veces también ocurre), pero así de impredecible es la vida.

Un fuerte abrazo.



Sucedió en una ocasión que me abrió la puerta una señora. Le expliqué que me promocionaba tocando a los timbres, le hablé de mis libros,
 de mis pretensiones y de lo que hasta la fecha había logrado. 
Cuando concluí con mi perorata, ella simplemente me dijo:

-¿Qué difícil lo tenéis ahora los jóvenes, verdad?

Solté lo siguiente.

-Señora, créame; quien lo tiene difícil es aquel que cree que no se puede. 






"No podía esperar para el éxito, 
así que seguí adelante sin él"

Jonathan Winters